Cada paso recorrido, trae enseñanzas, bondades y derrotas, por las que el individuo va llenando su profundidad analítica y acrecentando la criticidad para abonar el camino de una mejor sociedad. Esa es la tarea.
lunes, 14 de noviembre de 2011
ESPIRALES DE FUEGO
Nueva Versión
--¡Bella ninfa que exhalas olor a hierba fresca!. --¡olímpica, hija de Zeus! --¡Pan de los Sátiros!, dame tu agua…!
--Estas frente a mis ojos María del Mar.
--¡Tu vientre es borrasca, es estruendo, es espina!
--¿Quién tiene la gloria de corresponder a tu puerta y hundirse en ese patio misterioso, patio de mujer?
--¿Te has dejado amar?
--Tus pies…, múltiples como la escarcha y poblados como el ciruelo, los ha besado el sol?
--¡Insolente longevo!, no contento con poseer a María del Mar, me absorbe, me quema, me consume y me mira burlón.
--¡Insolente longevo de las alturas! --Cuanto deseo alcanzarte, tomarte entre mis brazos y estrujarte. ---Humillar tu prepotencia.
--¡Mi ánima erótica viene por ti!, María del Mar.
--¿Quién te habita?
--¡Donde estas tu, Dios! --Dámela, devuélvemela. --¿Dónde te busco niña de niebla?
--Esta noche, es noche de ángeles ¡tú eres el mío.
--Yo Mustafá, deberé engullir mi propia pasión en el retorno de la espiral de mi propio fuego.
--¡María no me dejes, llevame contigo al mar e los dioses!.
II
Este es el delirio de Azhar Mustafá Pinzón. Reportero, cronista, súbdito de la
penumbra humillante de las moles del cemento; allá donde los gigantes se asocian en sombras y prestan por momentos, espacios estrechos a los rayos del sol. La ciudad donde todo tiene precio y medida; y el aire pide permiso para llegar a los parques y acariciar el cabello de los niños, o paga flete para entrar a los hospitales. Recién cumplió 36; de estado civil soltero. Procede de esa trilogía entre luminosidad, perseverancia y poder; obra de la mezcla de sus razas, árabe y española. Ha llegado a estas islas del Caribe de tumbo en tumbo. La intolerancia de los hombres a quienes les ha deshabitado secretos; le ha derrotado sus ideales y lo han relegado a una mísera tarea, caminar sin objetivo de viaje. Militares abruptos, que a nombre de la justicia, desparecieron congéneres: mujeres y hombres, cuerpos armados de discursos anticuados que atemorizaron vida y sosiego en los campos, y otros que rasuraron la voz de los estudiantes. En éstas severas escisiones a la humanidad se vio inmerso Mustafá, que con sentido social, había prometido ser un periodista justo. Por eso condujo toda su capacidad para hacerse un reportero hábil, avezado en convertir, un comadreo en una crónica trágica; revolver cenizas humanas y revelar sus verdades; regresar el magma a los volcanes; mordaz con los pedófilos, insaciable con los corruptos, codiciado por las vedettes, odiado por colegas y jefes. Esto lo llevó a elevar un culto inmanente a su personalidad; así la condición ególatra construida sobre sí mismo, lo recompensó con la persecución tanto por los agentes del poder del estado, como por las amenazas de los grupos ilegales; lo trajeron al aislamiento y finalmente al exilio. El eligió éste camino y hemos llegado aquí.
Seis meses, llevó rumiando soledades y ardiendo en pasiones y su única compañía ha sido la ópera de su etílica garganta y yo su compañía.
III
Soy parte de la energía de Mustafá para decidir su existencia. Vengo en él, nací en el, ocupo el séptimo lugar de abajo hacia arriba en la fisiología humana, Los siete juntos nos denominamos chacras o centros de energía en la filosofía oriental, estamos conectados por un vestigio reptil y somos quienes equilibramos: cuerpo, mente y espíritu. Me encuentro sobre la cabeza y en medio de los dos ojos de Mustafá, para algunas civilizaciones me han significado piña y Descartes me llamó “tercer ojo”. Mi color violeta es quien conecta la espiritualidad del hombre con la conciencia infinita. Los monjes Tibetanos me han llamado “Divinidad”. En términos de la ciencia, soy la glándula pineal o hipófisis, glándula reguladora de los ciclos de vigilia y sueño. Segrego la DMT (dimetiltriptamina) o molécula espiritual que se libera en la fase del movimiento ocular rápido, en Mustafá. Soy su subconsciente y por ello, el gerente general de su cuerpo y la última instancia de su vida.
Mustafá, ha gozado del sexto sentido o clarividencia. Sin embargo, ante el desmesurado acoso del hombre-simio no pudo resistirse al infierno del alcohol, quizás sea una de las tantas respuestas de porqué algunos se hacen adictos.
Mustafá delira y en sus visiones imagina una mujer joven, desnuda, cubierta de arena, de cabellos acolchados por la sal y en ellos la madurez del sol encubado por el tiempo, crea una luna, como la madre de una isla y odia al sol, porque lo cree su rival.
María del Mar, es el vestigio reptil de su interior del cual yo hago parte. Soy su cabeza. Soy su vigilia, juego con la luz para él y poseo su energía. Han pasado justo 48 horas de agitación e insomnio, tiempo para que se decida la vida o la muerte de Mustafá. Todo depende ahora de mi, su subconsciente, la ayuda atmosférica y la declinación del sol.
Todo su cuerpo y yo dentro caemos lentamente del abarrote de troncos envejecidos en que quedó tranzado desde nuestra llegada, cuando él vació su última nota etílica.
Yo paciente espero un rezago de su conciencia, para orientar el camino.
Rosaura Mestizo Mayorga
miércoles, 21 de septiembre de 2011
LA MARCHA DEL TIEMPO
Los afanes de los hombres, ¿serán consecuencia de los instantes?
Que es el tiempo en un instante? Nada diferente al tráfico intermitente de acciones atomizadas. Al montículo de secuencias tejidas que visten la cotidianidad. Al desprendimiento del presente inmediato y a la aproximación del futuro inmediato, repetía, aquello aprendido de diversos textos. Más bien, sentía curiosidad por aquel inverso [qué es un instante en el tiempo]. Todo fue muy curioso, en un día de descanso, mientras tendida boca abajo y protegida por el ramaje pudoroso de un sauce llorón, alimentado como en un oasis por las aguas lluvias estancadas artificiosamente, sometía entre mi pecho y mi sombra el pensamiento de Stephen Hawking, en “la Historia del tiempo”. En algo comencé a ponerme de acuerdo con el autor, pensé. El hecho de no requerirme ser erudita en matemáticas ni para medir el tiempo ni el espacio. Y así se lo hice saber, manifestando mi aprobación con ligeros golpecitos sobre las líneas leídas como para que Stephen, sintiera el vaivén de mi cabeza confirmando la aprobación.
Como no soy asidua matemática ni científica, sentí conmoción jubilosa por aquello que la sabiduría me ha otorgado con la praxis en estos asuntos. Que mejor recreo y disfrute que la compañía de éste ejemplar hombre, quien había permanecido atado a una silla mecánica la mayor parte de su vida y además, distante por un periodo de tiempo de la interrelación comunicativa voz a voz con sus interlocutores. Como era de esperarse surgieron en mí, interrogantes: ¿Qué hace un hombre con su tiempo, estando anclado a una silla mecánica y sin el poder del habla? ¿Cómo vive el día a día? ¿Cómo lo sorprenden los instantes?
A manera de introducción leía casi deletreando “Nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo” y “cómo es que si hubo caos antes, existe, aparentemente, orden hoy, y, en definitiva, por qué hay un universo”.
Por supuesto tenía el hombre, toda la razón. Mi propio entorno formado por individuos de un sinnúmero de profesiones y altos estudios, dan a las tertulias la altura casi de cumbres borrascosas, afinando verdades desde sus criterios sobre todo el andamiaje del universo y que por regla general termina las reuniones con un:- “ después continuamos porque esto se hace muy interesante”-. Entonces llegué a un punto clave del texto, después que Stephen expone, analiza y concluye las teorías acerca de universo: de Aristóteles, Copérnico, Galileo Galilei, Newton, Kleper, Dios y Darwin, reduce todo de una manera tan maravillosamente sencilla como que frente a preguntas de hijos y estudiantes sobre la misma creación a la que dice él, se elude, o se recurre a una recogida de hombros, o se expone desde la fe. No es que mi amigo, con quien compartí la tarde de sábado, censure estas actitudes, no, quiere demostrar a sus lectores, como lo hiciera en Harvard, -la limitaciones del entendimiento humano-. Lo cierto de todo es que si la filosofía surge de la física, eso explica la razón de ser, y recordaba, una bonita discusión de seminario con mi apreciado maestro de literatura sobre la poesía, cuando enfatizaba que la filosofía no puede ser hija de la poesía, precisamente por lo inmaterial e innagotable.
Stephen me llevaba por el cosmos, por los agujeros negros que al parecer no son tan negros, según él, por el encantamiento de las estrellas que juegan entre si y llegan al mar para que sean pescadas por los niños o por los soñadores.
Esa medición de tiempo-espacio o espacio-tiempo, con agujeros, estrellas y sol, rotaciones y demás que participan en el juego de los científicos para descubrirlo y explorarlo todos, me sintonizan de nuevo en la pregunta ¿Qué es el tiempo en un instante?, no hacerlo implica dejar de lado el aterrizaje a mi propio planeta.
Consolidadas discusiones, sobre el tema del universo, como tesis entre lo infinito y lo finito son la otra partida de ajedrez, para determinar si el universo viene de un caos o surgió del Bing bang, es decir como “una gran explosión o expresión primordial, en que el universo era infinitésimamente pequeño e infinitamente denso”, y del otro lado el contendor metafísico y teológico, en el que según, se creía el universo era estático; para hablar entonces de los días de la creación, y en él, el espacio-tiempo de los instantes en que esta, se fue haciendo.
En una pausa, mientras le correspondía la mirada a un pájaro travieso, recordé al maestro yogui que pide cerrar los ojos mientras se pronuncia el Om como la primera vibración del sonido y éste a su vez es la vibración de lo absoluto, para entrar en concentración y luego dar lugar a la meditación. Lo cierto es que en este ir y venir se puede pasar por lapsos de más de una hora en los principiantes o en mas, para los yoguis, escuchando como se hacen ligeras burbujas de sonidos entre garganta y oídos, el tiempo pasa sin que se perciba, mientras la posición de loto no nos incomode, o el ambiente del espacio. Entonces el conjunto de instantes se mezclan con el ritual de sonidos y nos hacemos a nosotros mismos. Aquí sí creo diferir con Stephen, pues para los yoquis en práctica, el tiempo es absoluto y las reglas de un tiempo por la relatividad no se aplican.
¿Alguien ha visto a un auténtico yogui exhibiendo un reloj?
¿Quién habló pues, de medir el tiempo? Según Stephen aquellos que de manera individual tienen interés por medirlo, al parecer esto originó la invención del reloj. Entre más apurados estuvieran por una producción, mas dividían y subdividían el tiempo impreso en los relojes. Quizás de ahí nacieron los instantes y los afanes del hombre.
Casualmente ese sábado no llevaba conmigo ni reloj, ni móvil y mientras me entretenía con esta complejidad de texto, de rato en rato escuchaba las pulsaciones de los corazones de mis perros que venían de visita después de hacer sus carreras de dominio, y observaba a la vez, los jadeos babosos de sus lenguas en explícitos instantes de tiempo, oscurecía y comenzaba a sentir frío. Entonces pude explicarme mejor aquello que, los instantes hacen las horas que son hijas del tiempo.
Rosaura Mestizo Mayorga
Que es el tiempo en un instante? Nada diferente al tráfico intermitente de acciones atomizadas. Al montículo de secuencias tejidas que visten la cotidianidad. Al desprendimiento del presente inmediato y a la aproximación del futuro inmediato, repetía, aquello aprendido de diversos textos. Más bien, sentía curiosidad por aquel inverso [qué es un instante en el tiempo]. Todo fue muy curioso, en un día de descanso, mientras tendida boca abajo y protegida por el ramaje pudoroso de un sauce llorón, alimentado como en un oasis por las aguas lluvias estancadas artificiosamente, sometía entre mi pecho y mi sombra el pensamiento de Stephen Hawking, en “la Historia del tiempo”. En algo comencé a ponerme de acuerdo con el autor, pensé. El hecho de no requerirme ser erudita en matemáticas ni para medir el tiempo ni el espacio. Y así se lo hice saber, manifestando mi aprobación con ligeros golpecitos sobre las líneas leídas como para que Stephen, sintiera el vaivén de mi cabeza confirmando la aprobación.
Como no soy asidua matemática ni científica, sentí conmoción jubilosa por aquello que la sabiduría me ha otorgado con la praxis en estos asuntos. Que mejor recreo y disfrute que la compañía de éste ejemplar hombre, quien había permanecido atado a una silla mecánica la mayor parte de su vida y además, distante por un periodo de tiempo de la interrelación comunicativa voz a voz con sus interlocutores. Como era de esperarse surgieron en mí, interrogantes: ¿Qué hace un hombre con su tiempo, estando anclado a una silla mecánica y sin el poder del habla? ¿Cómo vive el día a día? ¿Cómo lo sorprenden los instantes?
A manera de introducción leía casi deletreando “Nos movemos en nuestro ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo” y “cómo es que si hubo caos antes, existe, aparentemente, orden hoy, y, en definitiva, por qué hay un universo”.
Por supuesto tenía el hombre, toda la razón. Mi propio entorno formado por individuos de un sinnúmero de profesiones y altos estudios, dan a las tertulias la altura casi de cumbres borrascosas, afinando verdades desde sus criterios sobre todo el andamiaje del universo y que por regla general termina las reuniones con un:- “ después continuamos porque esto se hace muy interesante”-. Entonces llegué a un punto clave del texto, después que Stephen expone, analiza y concluye las teorías acerca de universo: de Aristóteles, Copérnico, Galileo Galilei, Newton, Kleper, Dios y Darwin, reduce todo de una manera tan maravillosamente sencilla como que frente a preguntas de hijos y estudiantes sobre la misma creación a la que dice él, se elude, o se recurre a una recogida de hombros, o se expone desde la fe. No es que mi amigo, con quien compartí la tarde de sábado, censure estas actitudes, no, quiere demostrar a sus lectores, como lo hiciera en Harvard, -la limitaciones del entendimiento humano-. Lo cierto de todo es que si la filosofía surge de la física, eso explica la razón de ser, y recordaba, una bonita discusión de seminario con mi apreciado maestro de literatura sobre la poesía, cuando enfatizaba que la filosofía no puede ser hija de la poesía, precisamente por lo inmaterial e innagotable.
Stephen me llevaba por el cosmos, por los agujeros negros que al parecer no son tan negros, según él, por el encantamiento de las estrellas que juegan entre si y llegan al mar para que sean pescadas por los niños o por los soñadores.
Esa medición de tiempo-espacio o espacio-tiempo, con agujeros, estrellas y sol, rotaciones y demás que participan en el juego de los científicos para descubrirlo y explorarlo todos, me sintonizan de nuevo en la pregunta ¿Qué es el tiempo en un instante?, no hacerlo implica dejar de lado el aterrizaje a mi propio planeta.
Consolidadas discusiones, sobre el tema del universo, como tesis entre lo infinito y lo finito son la otra partida de ajedrez, para determinar si el universo viene de un caos o surgió del Bing bang, es decir como “una gran explosión o expresión primordial, en que el universo era infinitésimamente pequeño e infinitamente denso”, y del otro lado el contendor metafísico y teológico, en el que según, se creía el universo era estático; para hablar entonces de los días de la creación, y en él, el espacio-tiempo de los instantes en que esta, se fue haciendo.
En una pausa, mientras le correspondía la mirada a un pájaro travieso, recordé al maestro yogui que pide cerrar los ojos mientras se pronuncia el Om como la primera vibración del sonido y éste a su vez es la vibración de lo absoluto, para entrar en concentración y luego dar lugar a la meditación. Lo cierto es que en este ir y venir se puede pasar por lapsos de más de una hora en los principiantes o en mas, para los yoguis, escuchando como se hacen ligeras burbujas de sonidos entre garganta y oídos, el tiempo pasa sin que se perciba, mientras la posición de loto no nos incomode, o el ambiente del espacio. Entonces el conjunto de instantes se mezclan con el ritual de sonidos y nos hacemos a nosotros mismos. Aquí sí creo diferir con Stephen, pues para los yoquis en práctica, el tiempo es absoluto y las reglas de un tiempo por la relatividad no se aplican.
¿Alguien ha visto a un auténtico yogui exhibiendo un reloj?
¿Quién habló pues, de medir el tiempo? Según Stephen aquellos que de manera individual tienen interés por medirlo, al parecer esto originó la invención del reloj. Entre más apurados estuvieran por una producción, mas dividían y subdividían el tiempo impreso en los relojes. Quizás de ahí nacieron los instantes y los afanes del hombre.
Casualmente ese sábado no llevaba conmigo ni reloj, ni móvil y mientras me entretenía con esta complejidad de texto, de rato en rato escuchaba las pulsaciones de los corazones de mis perros que venían de visita después de hacer sus carreras de dominio, y observaba a la vez, los jadeos babosos de sus lenguas en explícitos instantes de tiempo, oscurecía y comenzaba a sentir frío. Entonces pude explicarme mejor aquello que, los instantes hacen las horas que son hijas del tiempo.
Rosaura Mestizo Mayorga
jueves, 8 de septiembre de 2011
EL OFICIO DE VIVIR
Pasos de la pequeña Herta Müller- premio nobel de literatura 2009
"Un homenaje a los niños que no entienden la mezquindad e intolerancia en el poder de los adultos".
Regresar a la niñez, a la exquisita niñez, tiempo de juegos insensatos y torpes, juegos con la muerte sin saberlo, jugar por ejemplo a las escondidas sin imaginar que se trata de un exilio. Decirle con la mano y a gritos adiós a la casa, sin prometerle volver a sabiendas que allí hay una cama cálida y un lugar propio para cortar margaritas, depositarlas en un jarrón y decorar el espacio dispuesto para comer en familia.
Caminar de la mano de mamá o montar la espalda de papá, mirar de paso el estrecho camino que separa las espigas verde-amarillas anunciando abundancia de pan en poco tiempo, y mas allá, hacia el oriente, reconocer ese árbol de pies enormes, su tiempo desnudo, sus múltiples brotes y el veterano sol que deja al descubierto el rincón propio para atender nuestras soledad o al cántico retoñal de hierbas y pájaros recién nacidos cada mañana.
Observar los puntos donde se han dedicado los mejores momentos y no saber que los ojos se despiden de ellos.
A la distancia, cuando las montañas dejan de serlo y se convierten en colinas minúsculas grisáceas y violetas y la casa desaparece y el árbol se esfuma como los ausentes, y los rebaños del cielo se desdibujan, se siente hambre, mucha hambre, se siente sed, mucha sed. Mamá abre la fiambrera, la misma que acostumbra a llevar al río, cuando es día de campo, cuando de ella brotan cerezas, manzanas, panes dulces o medio dulces, carnes secas u horneadas y todas las viandas que mamá prepara con entusiasmo, para ese esperado día de campo.
Viene la exploración del camino hacia la montaña, hacia ese montículo de hechos y seres impredecibles. Abejas zurriando alrededor de las moras que se van asentando en nuestras mochilas, los zarzales que salen al paso para saludar las manos, los tímidos arroyos, de nuevas vidas y tamaños, el paso marcial de las pequeñas hormigas y tantos otros seres que saltan y huyen de nuestra presencia.
Hoy, observo la vianda con el entusiasmo del día de campo. –Es extraño, ayer no madrugamos con mamá a recoger los frutos del bosque, y es verano, no hay mermelada, ni variedad de colaciones, tampoco jamón ni tomates del huerto-. Mamá tan solo coloca sobre sus rodillas un gran pan redondo y lo taja para 3, no hay más, -esta es la cena- murmura. La orden de abandonar éstas tierras de Nitchidorf, en Timisoara, Rumania es inaplazable, no hay tiempo para preparativos para este viaje como cuando vamos a la montaña y nos bañarnos en el río.
Ahora, he perdido la casa, el árbol, el trigo, anochece y papá busca un refugio que protege con ardiente leña. -El tiempo está cambiando- dice mamá, que de vez en vez, toma parte de su chal y se seca las lágrimas. No entiendo porque mamá llora, -éste debe ser un gran paseo, a ¿otras montaña? No sé por qué llora mamá-. Papá camina silencioso, sus ojos siguen un lugar extraviado. Es extraño, no ríe, no hace bromas-. Solo dirige su bestia y de vez en vez voltea y constata que lo seguimos. Algunas veces me mira y me invita a colgarme a su espalda, papá adivina que voy cansada.
Papá es fuerte, muy fuerte, papá fue soldado de las Waffen-SS, el me contó un día de invierno, mientras escuchábamos en mi cuarto los llantos y gritos del cielo. Papá decía que muchos amigos habían estado en la guerra y nombraba a un señor Hitler. Papá decía que él y sus amigos eran despreciados y que ellos solamente apuntaban en batalla. Papá se ponía triste y callaba.
-¿Cuántos días y noches hemos caminado? No sé, solo he visto días noches de prisa, como cuando se abre y se cierra un libro con rapidez, y mi hambre, es cada día mas deshabitada de pan.
Esta tarde, es pobre de nubes, tan pobre como mis manos sin las margaritas de casa, sin el gatito que mira debajo de las puertas y pone sus ojos verdes frente a los míos que también son verdes. Los dos nos miramos, yo le sigo y deja en evidencia el ratón moribundo, pero el gato me mira y sigue el juego con el vencido. Hemos encontrado un río, por fin un río, jugoso, sonoro. Mamá decide lavar, papá y yo nos salpicamos de agua y yo grito emocionada, pero papá cubre mi boca con un dedo y hace pssssss. ¿Porqué papá me cubre la boca y me silencia con un psssssss? No lo sé.- mamá mira alrededor, se pone de pie muy de prisa y le hace una seña a papá, para que caminemos rápido. -No comprendo, ¡si yo estaba feliz con el río!-
Quiero regresar a casa, quiero mi cama, el gato, levantarme sobre un taburete y dedicarme como muchas tardes de invierno a observar una a una las fotografías enclavadas en las paredes. Detenerme en la risa constante del niño de chaqueta que levanta la mano para despedir a alguien con el pañuelo mientras el tren humea o la de la mujer rusa caída con cara de angustia. También la de papá militar conduciendo un camión con muchos amigos de igual vestido y nabos(*).
Mamá dice que es imposible volver, no se me ocurre nada, dependo de ellos, de papá y mamá y voy a donde ellos van. Ya mi vestido, ha perdido una manga, cuando llegamos a la gran ciudad. Siento sueño y mamá me levanta. Despierto en una gran sala pobre de fotografías y con muchos hombres gritando a otros y estos otros exhibiendo papeles, también papá. Siento miedo, mucho miedo y me aferro a la huesuda mano de mamá que tiembla sentada sobre un bulto y helada, como un muñeco de nieve. Yo sacudo su cabeza, mamá no responde. Yo grito. Un hombre grita más fuerte que yo para que calle. Papá se acerca al hombre parece que algo le explica. Papá se acerca a mamá y toca su rostro. Mamá sonríe. Papá también.
Papá dice a mamá, querida, el oficio de vivir, ahora, es sobrevivir.
(*) Nabos-Nombre de los fusiles en la II guerra mundial.
Rosaura Mestizo Mayorga
"Un homenaje a los niños que no entienden la mezquindad e intolerancia en el poder de los adultos".
Regresar a la niñez, a la exquisita niñez, tiempo de juegos insensatos y torpes, juegos con la muerte sin saberlo, jugar por ejemplo a las escondidas sin imaginar que se trata de un exilio. Decirle con la mano y a gritos adiós a la casa, sin prometerle volver a sabiendas que allí hay una cama cálida y un lugar propio para cortar margaritas, depositarlas en un jarrón y decorar el espacio dispuesto para comer en familia.
Caminar de la mano de mamá o montar la espalda de papá, mirar de paso el estrecho camino que separa las espigas verde-amarillas anunciando abundancia de pan en poco tiempo, y mas allá, hacia el oriente, reconocer ese árbol de pies enormes, su tiempo desnudo, sus múltiples brotes y el veterano sol que deja al descubierto el rincón propio para atender nuestras soledad o al cántico retoñal de hierbas y pájaros recién nacidos cada mañana.
Observar los puntos donde se han dedicado los mejores momentos y no saber que los ojos se despiden de ellos.
A la distancia, cuando las montañas dejan de serlo y se convierten en colinas minúsculas grisáceas y violetas y la casa desaparece y el árbol se esfuma como los ausentes, y los rebaños del cielo se desdibujan, se siente hambre, mucha hambre, se siente sed, mucha sed. Mamá abre la fiambrera, la misma que acostumbra a llevar al río, cuando es día de campo, cuando de ella brotan cerezas, manzanas, panes dulces o medio dulces, carnes secas u horneadas y todas las viandas que mamá prepara con entusiasmo, para ese esperado día de campo.
Viene la exploración del camino hacia la montaña, hacia ese montículo de hechos y seres impredecibles. Abejas zurriando alrededor de las moras que se van asentando en nuestras mochilas, los zarzales que salen al paso para saludar las manos, los tímidos arroyos, de nuevas vidas y tamaños, el paso marcial de las pequeñas hormigas y tantos otros seres que saltan y huyen de nuestra presencia.
Hoy, observo la vianda con el entusiasmo del día de campo. –Es extraño, ayer no madrugamos con mamá a recoger los frutos del bosque, y es verano, no hay mermelada, ni variedad de colaciones, tampoco jamón ni tomates del huerto-. Mamá tan solo coloca sobre sus rodillas un gran pan redondo y lo taja para 3, no hay más, -esta es la cena- murmura. La orden de abandonar éstas tierras de Nitchidorf, en Timisoara, Rumania es inaplazable, no hay tiempo para preparativos para este viaje como cuando vamos a la montaña y nos bañarnos en el río.
Ahora, he perdido la casa, el árbol, el trigo, anochece y papá busca un refugio que protege con ardiente leña. -El tiempo está cambiando- dice mamá, que de vez en vez, toma parte de su chal y se seca las lágrimas. No entiendo porque mamá llora, -éste debe ser un gran paseo, a ¿otras montaña? No sé por qué llora mamá-. Papá camina silencioso, sus ojos siguen un lugar extraviado. Es extraño, no ríe, no hace bromas-. Solo dirige su bestia y de vez en vez voltea y constata que lo seguimos. Algunas veces me mira y me invita a colgarme a su espalda, papá adivina que voy cansada.
Papá es fuerte, muy fuerte, papá fue soldado de las Waffen-SS, el me contó un día de invierno, mientras escuchábamos en mi cuarto los llantos y gritos del cielo. Papá decía que muchos amigos habían estado en la guerra y nombraba a un señor Hitler. Papá decía que él y sus amigos eran despreciados y que ellos solamente apuntaban en batalla. Papá se ponía triste y callaba.
-¿Cuántos días y noches hemos caminado? No sé, solo he visto días noches de prisa, como cuando se abre y se cierra un libro con rapidez, y mi hambre, es cada día mas deshabitada de pan.
Esta tarde, es pobre de nubes, tan pobre como mis manos sin las margaritas de casa, sin el gatito que mira debajo de las puertas y pone sus ojos verdes frente a los míos que también son verdes. Los dos nos miramos, yo le sigo y deja en evidencia el ratón moribundo, pero el gato me mira y sigue el juego con el vencido. Hemos encontrado un río, por fin un río, jugoso, sonoro. Mamá decide lavar, papá y yo nos salpicamos de agua y yo grito emocionada, pero papá cubre mi boca con un dedo y hace pssssss. ¿Porqué papá me cubre la boca y me silencia con un psssssss? No lo sé.- mamá mira alrededor, se pone de pie muy de prisa y le hace una seña a papá, para que caminemos rápido. -No comprendo, ¡si yo estaba feliz con el río!-
Quiero regresar a casa, quiero mi cama, el gato, levantarme sobre un taburete y dedicarme como muchas tardes de invierno a observar una a una las fotografías enclavadas en las paredes. Detenerme en la risa constante del niño de chaqueta que levanta la mano para despedir a alguien con el pañuelo mientras el tren humea o la de la mujer rusa caída con cara de angustia. También la de papá militar conduciendo un camión con muchos amigos de igual vestido y nabos(*).
Mamá dice que es imposible volver, no se me ocurre nada, dependo de ellos, de papá y mamá y voy a donde ellos van. Ya mi vestido, ha perdido una manga, cuando llegamos a la gran ciudad. Siento sueño y mamá me levanta. Despierto en una gran sala pobre de fotografías y con muchos hombres gritando a otros y estos otros exhibiendo papeles, también papá. Siento miedo, mucho miedo y me aferro a la huesuda mano de mamá que tiembla sentada sobre un bulto y helada, como un muñeco de nieve. Yo sacudo su cabeza, mamá no responde. Yo grito. Un hombre grita más fuerte que yo para que calle. Papá se acerca al hombre parece que algo le explica. Papá se acerca a mamá y toca su rostro. Mamá sonríe. Papá también.
Papá dice a mamá, querida, el oficio de vivir, ahora, es sobrevivir.
(*) Nabos-Nombre de los fusiles en la II guerra mundial.
Rosaura Mestizo Mayorga
miércoles, 17 de agosto de 2011
LLAMADAS A FELICIA
Hay llamadas emergentes y llamadas de emergencia.
Tomé mi móvil, última generación y me alejé del grupo de amigos que habían asistido a la fiesta de aniversario. Cumplía 33, según dicen las mamás, es la verdadera y única oportunidad para celebrar el nacimiento de un hijo varón. Celebrarlo en esta edad, es invocar al Dios de las alturas para que bendiga a su hijo en nombre de Jesús.
Previos días, había estado remarcando insistentemente al número que aparecía en la pantalla de llamadas perdidas, un par de semanas antes, de cuyos mensajes se leía –¡si quieres felicidad, búscame! Mi nombre es Felicia-. Asumí que eran llamadas de esos lugares de lujuria que solía frecuentar con mis amigos y que eran un antídoto para mi soledad. Pero esta noche más que cualquiera otra, me sentía frustrado e intrigado, entonces decidí insistir, sentía una sensación parecida a estar enamorado y negado a la presencia de ella. Por fin del otro lado el auricular se levantó y no hubo voz. Sin embargo, ya era una esperanza.
-Hola(laa, hola (laa), hola (laaa)- (respondió)
-Busco a Felicia- ciaa (respondió)
-¿Quien habla? – bla?? (respondió)
Abandoné la llamada, quizás, alguien me tomaba del pelo en la línea como suele suceder en los teléfonos.
Pinché de nuevo redial, sonó ocupado. Dejé la intención para más tarde, pues algunos amigos me requerían en el salón. Un espacio amplio e iluminado con lámparas de gotas en cristal de roca, que se contoneaba con el paso y brillo de la cristalería de las bebidas alcohólicas y las ricas exposiciones artísticas que pendían de los cuello de las mujeres, sus brazos y sus manos. También los grises, negro y rubios de los cabellos de los invitados, estaban abrazados por ese manto de luz artificial, que los proponía a mi vista como una fábrica de glamur instantánea. Me transporté a la época de niño cuando el vendedor de algodones en el parque, hacía crecer melenas rosas con solo una pizca de azúcar, puesta dentro de una ancha vasija rotada por un motorcito de poleas. Una vez crecidas las melenas las enredaba el hombre en una varita, que me llevaba a la boca y en un santiamén desaparecían. Una ilusión.
– ¿Qué carajo, tienen que ver esos algodones azucarados con todos estos hombres y mujeres de dientes bien formados e impecablemente vestidos? Me decía.
Uno y otro de los amigos, se acercaba a mí, halagaban mis triunfos, me sonreían con sonrisas ajenas y las mujeres parecían desplumarse frente a mí, después del paso de pavos reales con que venían por el centro del salón unas, y el de jirafas africanas de otras.
-Pablito, te noto callado, ¿pasa algo?-
-No, Amada, nada pasa, todo está bien, muy bien gracias.-
-Pero… no pareces el Pablito que conozco.-
-Amada, de verás, estoy bien. Gracias.-
-Pablo, siempre he pensado en ti y mucho te he echado de menos desde que te fuiste del país; y de verás te he esperado todos estos años. ¿Por qué no vamos al pórtico, llevamos un par de copas y conversamos en privado?-
Yo acepté. Amada, en efecto fue mi compañera de juegos, era mi vecina con quien había pasado la mayor parte de la vida de niño y adolescente ¿Cuántas sueños y secretos nos hacían cómplices?
Soy hijo único de una familia próspera. Mi padre, un alto ejecutivo de una de las petroleras más reconocidas, con concesiones en este país, mi madre, reconocida voluntaria, de las damas azules. Mis padres nada me han negado, por eso antes de mis 30 años, he logrado escalar como pocos, todos los niveles de la educación, tocar tres instrumentos, dominar siete idiomas, permitirme la compañía de hembras de todas las razas y colores y viajar por los lugares más remotos de la tierra. Ahora, he regresado de nuevo a mis lujos y derroche de niño mimado. ¡Pero estoy solo! Tengo todo y no tengo nada. Fueron mis últimas palabras, cerrando conversación con Amada.
Terminados los aplausos, las despedidas de la fiesta y esos momentos en que la imagen mágica de las recepciones tiende a caer en vulgaridad, cuando los hombres adquieren aspecto de ultratumba con ojos enjutos y acuosos y las mujeres previsibles se desengarzan los 15 centímetros adicionales y pasan a sus cómodas babuchas, dejando el encanto de las bellas jirafas africanas y las pavoneadas; mientras, otras menos previsibles, ritman con ellos en pasos de cisnes viejos. Nunca he entendido esos dolorosos gustos de las mujeres y sin embargo hoy me apenan. Me he recostado a la puerta principal y observo a los músicos de cámara empacar cuidadosamente los instrumentos que mas, que haberme incitado a bailar me han trasportado a aquella melodía de la canción de otoño de Varleine:
“Los largos gemidos de los violines del otoño,
Hieren mi corazón con monótona languidez”.
Fui a la cama, después de una ligera ducha, mmmm, que agradable sensación sentir los ríos de agua tibia tomándose su libertad para ir a donde quieren sobre la piel. Después de tantas manos y labios en contacto, -quizás sea una forma de lograr la purificación y recobrar mi esencia, Pablo- me dije-.
Recordé la tarea pendiente con Felicia.
Traje a la pantalla el número de las llamadas perdidas. Ya no había duda, alguien había seguido mi voz, pero una vez más sonó ocupado. Pronto vino el sueño, o mejor, esto que llaman ensueño.
-Sabes, ¿Pablo?- me dijo-. -Te he llamado infinidad de veces, desde cuando eras niño y jamás me has contestado. A ti, como a todos los hombres busco y muy pocos responden. Mis llamadas quedan perdidas, algunos como tú, mas tarde me buscan, otros, nunca.-
-Pablo, te inquieta tenerlo todo y no tener nada, te he seguido y lo sé y ahora quieres una respuesta. Es la misma que todos al final buscan “que necesito para ser feliz”. Tu mundo como el de muchos ha sido un mundo dado, con un algo impuesto para vivir, que al final termina siendo miseria. Ojalá, hubiesen tenido mejor suerte si una vez, por siquiera me hubiesen contestado. Ustedes los hombres, Pablo, hablan de suerte, pues bien, los hombres a tiempo podrían elegir un grado de felicidad, entre la búsqueda del placer –que es lo tuyo Pablo- y la huida del dolor- que es aquello por lo que has decidido llamarme-
-El placer total, Pablo, está en perfecta contradicción con el mundo entero y por eso es irrealizable e inalcanzable. Los hombres querrán ir a la Luna a Marte a Júpiter y querrán parcelarlos y venderlos a otros hombres, que quizás, puedan vivir allí, abandonar la tierra contaminada que ellos destruyen tras la búsqueda de la felicidad. Seguro, después querrán cambiar de galaxia y mientras tanto, se hacen viejos y mueren enfermos e infelices encerrados en ese mundo dado, muy a pesar de sus oraciones y jugosas donaciones para los pobres y para la guerra. Pablo, el poder, conquistado con la guerra no transmuta felicidad-.
-La felicidad, Pablo, es aquello que buscas ahora, Es la razón por la que llamo a los hombres. Pero mis llamadas no tienen eco, quedan perdidas-.
-La felicidad, es tu conducta. Para conocerla, debes despojarte de esa admiración excesiva a ti mismo, de la agresión hacia los demás, ¿recuerdas los desaires a tu nana cuando rondabas los 14? y no competir con otros a sus propias mujeres. Esto requiere paciencia, la misma que tuvo el escritor para ver que había tras la mirada fija y simple de un axolotl-.
-No hay mas medicinas Pablo, para ese abandono que vives en tu propio mundo y que llamas depresión-.
Como toda ensoñación es breve, la voz de Felicia se fue apagando y Pablo reincorporado buscó entre los anaqueles de la buhardilla, aquel envejecido libro de pastas borrosas y puntas ajadas como mapa de buque. Aquel incipiente libro, despreciado por los rasgos marxistas, que a duras penas y casi adivinando se leía “El malestar en la cultura”.
Rosaura Mestizo M.
(Inédito-registrado)
Tomé mi móvil, última generación y me alejé del grupo de amigos que habían asistido a la fiesta de aniversario. Cumplía 33, según dicen las mamás, es la verdadera y única oportunidad para celebrar el nacimiento de un hijo varón. Celebrarlo en esta edad, es invocar al Dios de las alturas para que bendiga a su hijo en nombre de Jesús.
Previos días, había estado remarcando insistentemente al número que aparecía en la pantalla de llamadas perdidas, un par de semanas antes, de cuyos mensajes se leía –¡si quieres felicidad, búscame! Mi nombre es Felicia-. Asumí que eran llamadas de esos lugares de lujuria que solía frecuentar con mis amigos y que eran un antídoto para mi soledad. Pero esta noche más que cualquiera otra, me sentía frustrado e intrigado, entonces decidí insistir, sentía una sensación parecida a estar enamorado y negado a la presencia de ella. Por fin del otro lado el auricular se levantó y no hubo voz. Sin embargo, ya era una esperanza.
-Hola(laa, hola (laa), hola (laaa)- (respondió)
-Busco a Felicia- ciaa (respondió)
-¿Quien habla? – bla?? (respondió)
Abandoné la llamada, quizás, alguien me tomaba del pelo en la línea como suele suceder en los teléfonos.
Pinché de nuevo redial, sonó ocupado. Dejé la intención para más tarde, pues algunos amigos me requerían en el salón. Un espacio amplio e iluminado con lámparas de gotas en cristal de roca, que se contoneaba con el paso y brillo de la cristalería de las bebidas alcohólicas y las ricas exposiciones artísticas que pendían de los cuello de las mujeres, sus brazos y sus manos. También los grises, negro y rubios de los cabellos de los invitados, estaban abrazados por ese manto de luz artificial, que los proponía a mi vista como una fábrica de glamur instantánea. Me transporté a la época de niño cuando el vendedor de algodones en el parque, hacía crecer melenas rosas con solo una pizca de azúcar, puesta dentro de una ancha vasija rotada por un motorcito de poleas. Una vez crecidas las melenas las enredaba el hombre en una varita, que me llevaba a la boca y en un santiamén desaparecían. Una ilusión.
– ¿Qué carajo, tienen que ver esos algodones azucarados con todos estos hombres y mujeres de dientes bien formados e impecablemente vestidos? Me decía.
Uno y otro de los amigos, se acercaba a mí, halagaban mis triunfos, me sonreían con sonrisas ajenas y las mujeres parecían desplumarse frente a mí, después del paso de pavos reales con que venían por el centro del salón unas, y el de jirafas africanas de otras.
-Pablito, te noto callado, ¿pasa algo?-
-No, Amada, nada pasa, todo está bien, muy bien gracias.-
-Pero… no pareces el Pablito que conozco.-
-Amada, de verás, estoy bien. Gracias.-
-Pablo, siempre he pensado en ti y mucho te he echado de menos desde que te fuiste del país; y de verás te he esperado todos estos años. ¿Por qué no vamos al pórtico, llevamos un par de copas y conversamos en privado?-
Yo acepté. Amada, en efecto fue mi compañera de juegos, era mi vecina con quien había pasado la mayor parte de la vida de niño y adolescente ¿Cuántas sueños y secretos nos hacían cómplices?
Soy hijo único de una familia próspera. Mi padre, un alto ejecutivo de una de las petroleras más reconocidas, con concesiones en este país, mi madre, reconocida voluntaria, de las damas azules. Mis padres nada me han negado, por eso antes de mis 30 años, he logrado escalar como pocos, todos los niveles de la educación, tocar tres instrumentos, dominar siete idiomas, permitirme la compañía de hembras de todas las razas y colores y viajar por los lugares más remotos de la tierra. Ahora, he regresado de nuevo a mis lujos y derroche de niño mimado. ¡Pero estoy solo! Tengo todo y no tengo nada. Fueron mis últimas palabras, cerrando conversación con Amada.
Terminados los aplausos, las despedidas de la fiesta y esos momentos en que la imagen mágica de las recepciones tiende a caer en vulgaridad, cuando los hombres adquieren aspecto de ultratumba con ojos enjutos y acuosos y las mujeres previsibles se desengarzan los 15 centímetros adicionales y pasan a sus cómodas babuchas, dejando el encanto de las bellas jirafas africanas y las pavoneadas; mientras, otras menos previsibles, ritman con ellos en pasos de cisnes viejos. Nunca he entendido esos dolorosos gustos de las mujeres y sin embargo hoy me apenan. Me he recostado a la puerta principal y observo a los músicos de cámara empacar cuidadosamente los instrumentos que mas, que haberme incitado a bailar me han trasportado a aquella melodía de la canción de otoño de Varleine:
“Los largos gemidos de los violines del otoño,
Hieren mi corazón con monótona languidez”.
Fui a la cama, después de una ligera ducha, mmmm, que agradable sensación sentir los ríos de agua tibia tomándose su libertad para ir a donde quieren sobre la piel. Después de tantas manos y labios en contacto, -quizás sea una forma de lograr la purificación y recobrar mi esencia, Pablo- me dije-.
Recordé la tarea pendiente con Felicia.
Traje a la pantalla el número de las llamadas perdidas. Ya no había duda, alguien había seguido mi voz, pero una vez más sonó ocupado. Pronto vino el sueño, o mejor, esto que llaman ensueño.
-Sabes, ¿Pablo?- me dijo-. -Te he llamado infinidad de veces, desde cuando eras niño y jamás me has contestado. A ti, como a todos los hombres busco y muy pocos responden. Mis llamadas quedan perdidas, algunos como tú, mas tarde me buscan, otros, nunca.-
-Pablo, te inquieta tenerlo todo y no tener nada, te he seguido y lo sé y ahora quieres una respuesta. Es la misma que todos al final buscan “que necesito para ser feliz”. Tu mundo como el de muchos ha sido un mundo dado, con un algo impuesto para vivir, que al final termina siendo miseria. Ojalá, hubiesen tenido mejor suerte si una vez, por siquiera me hubiesen contestado. Ustedes los hombres, Pablo, hablan de suerte, pues bien, los hombres a tiempo podrían elegir un grado de felicidad, entre la búsqueda del placer –que es lo tuyo Pablo- y la huida del dolor- que es aquello por lo que has decidido llamarme-
-El placer total, Pablo, está en perfecta contradicción con el mundo entero y por eso es irrealizable e inalcanzable. Los hombres querrán ir a la Luna a Marte a Júpiter y querrán parcelarlos y venderlos a otros hombres, que quizás, puedan vivir allí, abandonar la tierra contaminada que ellos destruyen tras la búsqueda de la felicidad. Seguro, después querrán cambiar de galaxia y mientras tanto, se hacen viejos y mueren enfermos e infelices encerrados en ese mundo dado, muy a pesar de sus oraciones y jugosas donaciones para los pobres y para la guerra. Pablo, el poder, conquistado con la guerra no transmuta felicidad-.
-La felicidad, Pablo, es aquello que buscas ahora, Es la razón por la que llamo a los hombres. Pero mis llamadas no tienen eco, quedan perdidas-.
-La felicidad, es tu conducta. Para conocerla, debes despojarte de esa admiración excesiva a ti mismo, de la agresión hacia los demás, ¿recuerdas los desaires a tu nana cuando rondabas los 14? y no competir con otros a sus propias mujeres. Esto requiere paciencia, la misma que tuvo el escritor para ver que había tras la mirada fija y simple de un axolotl-.
-No hay mas medicinas Pablo, para ese abandono que vives en tu propio mundo y que llamas depresión-.
Como toda ensoñación es breve, la voz de Felicia se fue apagando y Pablo reincorporado buscó entre los anaqueles de la buhardilla, aquel envejecido libro de pastas borrosas y puntas ajadas como mapa de buque. Aquel incipiente libro, despreciado por los rasgos marxistas, que a duras penas y casi adivinando se leía “El malestar en la cultura”.
Rosaura Mestizo M.
(Inédito-registrado)
domingo, 31 de julio de 2011
LOS AMARRADOS
A la obra del fotógrafo caleño: FERNELL FRANCO
Despertó, entre sábanas oscuras y el claro-amarillento de un foco de kerosene,tenía los párpados hinchados y su humanidad abandonada. Una desmadejada y minúscula carne caía en la entrepierna y de la lira de su tórax podía lograrse una melodía.
Estiró músculos y huesos, una ligera flexión lo puso de pie y se dirigió al balcón de su cuarto en el hotel del puerto. Guerreando con diminutos rollos de guadua incrustados en hebras de cáñamo que hacían de cortina, descubrió la ventana. Sus ojos chocaron con la luminosidad del sol de la media mañana sobre el Pacífico; a manera de visera, uso una de las manos para proteger la vista y lograr ubicar tanto los trastes ruidosos como las voces y risas de mujeres y hombres que le habían impedido esa noche un buen sueño.
Como ráfagas, veía cruzar cabelleras largas, negras y rubias forzadas, y sobre el adoquín del patio, las huellas húmedas daban fe de pasos famélicos. Una cuneta a manera de aljibe reverberaba el agua con la cual compartían en común el aseo de sus cuerpos.
Fernell, había aprendido de Rembrandt, a fusionar lo corpóreo con lo espiritual en los retratos, además, que el blanco y negro eran la vida; de su propia inspiración, que eran los extremos monocromáticos, que no distraían ni engañaban la realidad ni admitían puntos medios, que los dos únicos efectos: luz y oscuridad, conservaban fielmente a los testigos.
Sin dudarlo, de inmediato pensó en la virtuosa Leica, la que hasta entonces le había asistido para dejar constancias de los cumplidos de fe cristiana a las familias: bautizos y matrimonios; también retratos de amantes, que dentro del marco de un corazón, sellaban promesas sobre el puente. Reversó los pasos, buscó una toalla y cubrió su humanidad de la cintura hasta donde el ancho de la tela dio. Después, echó mano a la ingenua compañera y clavó su lente en aquellos voluptuosos vientres que adelantaban un paso a las cabelleras. Disparó el obturador más de 20 veces, y lamentó no poder pasar una noche más tan siquiera en el lugar; le seguían compromisos para narrar con el lente la verdad urbana.
El evento del hotel de comienzo no le reparó ninguna novedad, fuera del interés por conocer los autores de los chillidos, pues las escenas de bares, caballistas sin chaparreras ni sombrero, socorriendo las caderas de las coperas de senos medio desnudos en los cafés de su pueblo, no le sorprendían. Le habían sido familiares desde niño; y ya por costumbre,la avidez de su vista fácilmente sabía consumirse en los focos de las luces rojas y verdes sobre las cabezas de los amantes, que con parsimonia se desvanecían hasta entrar completamente al blanco y negro. Verdadero acontecimiento.
Le pasmó, ver las uñas de gatas jóvenes en las mujeres.
Los ambientes marginales y los reflejos del agua tampoco lo herían: De los primeros, venía; y los segundos eran objetos de belleza y tranquilidad para el espíritu. Contrario sucedía con los desplomes de los edificios. Entonces, era la pequeña cámara quien lloraba las lágrimas de Fernell y quien extasiada por los acuciantes clips de su patrono, gemía grabando lo terrorífico de las escenas. ¿porqué la historia era destruida? Entonces, ¿qué iba a dar fe de ella?, ¿a dónde se repatriarían los sentimientos y los olores de las cocinas? ¿la música? ¿los llantos de los recien nacidos? y ¿las clemencias de los acusados? y ¿los adioses de los moribundos?... ¡Qué privilegio el de las iglesias!
Estos ambientes se nutrieron con voz y duelo de la violencia; blancos y negros de la cámara de Otelo Sudarovich, con quien compartió el exilio interior, el del yo. Otelo un refugiado italiano y Fernell, un desplazado de su propio pueblo. Otelo traía la violencia en imágenes y Fernell, preservaba en cientos de rollos la violencia entre liberales y conservadores. Asimilaba los bultos del mercado, con los bultos humanos. Como las mercaderías y los víveres se empacaban y desempacaban, se vendían o se amarraban; con los muertos de la violencia hacían lo mismo, tan solo que estos bultos permanecen amarrados y desaparecidos.
Las demoliciones eran los asomos de una ciudad en coma, un triste adiós a los secretos de sus muros y un camino hacia la nada. Como en el puerto, pensaba en esa mañana,-de quienes serían los espíritus de las muchachas-. Luego, le advenía el vértigo maternal para consumír el obturador, y éste volvía a repicar con emergencia. De antídoto, Fernell, volvía a la prosaica realidad de la ciudad.
Nada escapó al imán del silencio enigmático al obturar. Nada tampoco a la precisión de sus ojos, su lente y sus silencios, pues en un torrente, blanco y negro de perfecta soledad, dejó amarrados los hilos de la historia.
(Rosaura Mestizo M.)
Despertó, entre sábanas oscuras y el claro-amarillento de un foco de kerosene,tenía los párpados hinchados y su humanidad abandonada. Una desmadejada y minúscula carne caía en la entrepierna y de la lira de su tórax podía lograrse una melodía.
Estiró músculos y huesos, una ligera flexión lo puso de pie y se dirigió al balcón de su cuarto en el hotel del puerto. Guerreando con diminutos rollos de guadua incrustados en hebras de cáñamo que hacían de cortina, descubrió la ventana. Sus ojos chocaron con la luminosidad del sol de la media mañana sobre el Pacífico; a manera de visera, uso una de las manos para proteger la vista y lograr ubicar tanto los trastes ruidosos como las voces y risas de mujeres y hombres que le habían impedido esa noche un buen sueño.
Como ráfagas, veía cruzar cabelleras largas, negras y rubias forzadas, y sobre el adoquín del patio, las huellas húmedas daban fe de pasos famélicos. Una cuneta a manera de aljibe reverberaba el agua con la cual compartían en común el aseo de sus cuerpos.
Fernell, había aprendido de Rembrandt, a fusionar lo corpóreo con lo espiritual en los retratos, además, que el blanco y negro eran la vida; de su propia inspiración, que eran los extremos monocromáticos, que no distraían ni engañaban la realidad ni admitían puntos medios, que los dos únicos efectos: luz y oscuridad, conservaban fielmente a los testigos.
Sin dudarlo, de inmediato pensó en la virtuosa Leica, la que hasta entonces le había asistido para dejar constancias de los cumplidos de fe cristiana a las familias: bautizos y matrimonios; también retratos de amantes, que dentro del marco de un corazón, sellaban promesas sobre el puente. Reversó los pasos, buscó una toalla y cubrió su humanidad de la cintura hasta donde el ancho de la tela dio. Después, echó mano a la ingenua compañera y clavó su lente en aquellos voluptuosos vientres que adelantaban un paso a las cabelleras. Disparó el obturador más de 20 veces, y lamentó no poder pasar una noche más tan siquiera en el lugar; le seguían compromisos para narrar con el lente la verdad urbana.
El evento del hotel de comienzo no le reparó ninguna novedad, fuera del interés por conocer los autores de los chillidos, pues las escenas de bares, caballistas sin chaparreras ni sombrero, socorriendo las caderas de las coperas de senos medio desnudos en los cafés de su pueblo, no le sorprendían. Le habían sido familiares desde niño; y ya por costumbre,la avidez de su vista fácilmente sabía consumirse en los focos de las luces rojas y verdes sobre las cabezas de los amantes, que con parsimonia se desvanecían hasta entrar completamente al blanco y negro. Verdadero acontecimiento.
Le pasmó, ver las uñas de gatas jóvenes en las mujeres.
Los ambientes marginales y los reflejos del agua tampoco lo herían: De los primeros, venía; y los segundos eran objetos de belleza y tranquilidad para el espíritu. Contrario sucedía con los desplomes de los edificios. Entonces, era la pequeña cámara quien lloraba las lágrimas de Fernell y quien extasiada por los acuciantes clips de su patrono, gemía grabando lo terrorífico de las escenas. ¿porqué la historia era destruida? Entonces, ¿qué iba a dar fe de ella?, ¿a dónde se repatriarían los sentimientos y los olores de las cocinas? ¿la música? ¿los llantos de los recien nacidos? y ¿las clemencias de los acusados? y ¿los adioses de los moribundos?... ¡Qué privilegio el de las iglesias!
Estos ambientes se nutrieron con voz y duelo de la violencia; blancos y negros de la cámara de Otelo Sudarovich, con quien compartió el exilio interior, el del yo. Otelo un refugiado italiano y Fernell, un desplazado de su propio pueblo. Otelo traía la violencia en imágenes y Fernell, preservaba en cientos de rollos la violencia entre liberales y conservadores. Asimilaba los bultos del mercado, con los bultos humanos. Como las mercaderías y los víveres se empacaban y desempacaban, se vendían o se amarraban; con los muertos de la violencia hacían lo mismo, tan solo que estos bultos permanecen amarrados y desaparecidos.
Las demoliciones eran los asomos de una ciudad en coma, un triste adiós a los secretos de sus muros y un camino hacia la nada. Como en el puerto, pensaba en esa mañana,-de quienes serían los espíritus de las muchachas-. Luego, le advenía el vértigo maternal para consumír el obturador, y éste volvía a repicar con emergencia. De antídoto, Fernell, volvía a la prosaica realidad de la ciudad.
Nada escapó al imán del silencio enigmático al obturar. Nada tampoco a la precisión de sus ojos, su lente y sus silencios, pues en un torrente, blanco y negro de perfecta soledad, dejó amarrados los hilos de la historia.
(Rosaura Mestizo M.)
domingo, 24 de julio de 2011
MILAGRO POSTUMO
Gabriel Pérez de 55 años y su querida esposa Leito de 53, ambos en edades apetecibles, con atractivos propios de quienes han creado estabilidad emocional de pareja y una práctica acomodación en el hogar al que han dedicado sus esfuerzos y su vida para culminar con el proyecto común que terminará en la vejez; cuando los parecidos físicos y sus costumbres sean más de hermanos gemelos que de marido y mujer. Habían planeado años atrás un viaje por el Caribe cuando cumplieran sus primeros 25 años de casados.
Un crucero, que partiría de Cartagena para ir internándose en los brazos abiertos de las aguas cálidas y tropicales, e impregnarse de las arenas blancas de Cancún al meneo de un reggae en Jamaica, las venias solemnes y veleidades azuladas que besan desenfrenadamente al acantilado de Bluff, el retozo infantil de los delfines en Roatan, la unión en un solo paso de las verde-claras aguas de los océanos en Panamá y terminar de nuevo en la heroica.
Habían dispuesto de 3 semanas para volver a sus pieles, ahora, sin menos austeridad y prejuicios que en los primeros años. Seguidos de esos otros años de espera que con exaltación y calma habían aprendido a desearse a través de las miradas cómplices extraídas del fondo de sus sexos mientras atendían las tareas de los niños.
Dentro de las valijas, engulleron las ilusiones de encuentros sin estrenar, los tiempos de abstinencias y las promesas de no abandonarse nunca, ni siquiera para morir a destiempo. Su relación había sido compacta como una roca, muchas veces golpeada por las dudas, solo por las dudas y como la arena sabe dejarse lamer por las olas, seguirlas, lentamente y sin difamar, ellos se mantuvieron por veinticinco años.
A las 10:00 p.m. del día anterior, previo al embarque decidieron brindar con un canelazo, para calmar ese estado interior y luminoso que les otorgaba la alegría y el frio que produce la ansiedad hacia lo desconocido. Platicaron animosamente sobre el viaje, repasaron mapas, itinerarios, fotografías, que les anticiparan el mundo desconocido. Allí en su habitación entre risas y abrazos Gabriel hizo que Leo le prometiera que nunca lo abandonaría ni a la hora de morir. Ella entre risas y besos a medio acabar, le dio el sí, que era tanto como nuevos votos para el resto de sus vidas. –Viejo, espero hacerte el milagro- dijo bromeando.
Muy temprano, salieron al aeropuerto acompañados de sus dos hijos para tomar el vuelo que los llevaba al Rafael Núñez. Allí, en menos de 3 horas estaban trepados en el enorme Pullmantur sumergiéndose en el ocean dream, del que exultaban a cada minuto sensaciones renovadas con el rítmico movimiento de las olas bajo sus pies, embarullándose en una relación casi simbiótica. Así concluyó el crucero.
De regreso a la heroica, arrollados por el embrujo que había dejado la travesía por el océano, quisieron despedir su última noche, lejos del bullicio. Ante el titileo apurado de los brillos del firmamento, tomaron sus manos, para nuevas promesas, y con el cuenco de ellas anidaron los cuerpos celestes. Gabriel y Leo, sin reparar sus cincuenta y tantos buscaron el lugar más solitario y se dejaron lamer por las olas, mientras ellos lo hacían con las suyas.
El intenso ébano de los ojos de Leo, era una ráfaga de luz en un bosque, que condujeron al marido a los entrelazados de la Muralla de San Felipe, para jugar a las escondidas. Cada encuentro se compensaba con un abrazo de fuego.
De pronto desaparecieron las risas y los llamados de Leo. Había rodado por una de las pendientes de la fortaleza, cayendo de frente como soldado al fuego inglés de otros tiempos.
**********************************************
Transcurría el día veintitrés de Diciembre dentro de la normalidad caótica, propia de la sección de urgencias en cualquier hospital, allí en la Clínica Santa Mónica.
El intrépido ruido de los motores de un helicóptero que descendía en el parqueadero provocó pánico. Asunto inusual en ésta clínica, pues solo tiene cobertura para unas cuantas camas, tiene prestigio y una nómina de destacados profesionales, ¡que pensar en un helipuerto!.
Se fundieron en un solo murmullo: sirenas, ambulancias, camillas y personal, pidiendo paso. Gabriel, como un fiel guardián, sigue a la masa de su mujer.
El parte médico indicaba que Leo había caído desde una altura de más de 6 metros, hemorragias internas y el trauma ocurrido 7 horas antes. La paciente viene trasladada del hospital Bocagrande de la ciudad de Cartagena, su esposo se ha negó a cualquier intervención y exigió su traslado a esta clínica. Anunció un paramédico.
¿Es usted el Doctor Barrera? Soy Gabriel Pérez el esposo de Leito.
Si, soy el doctor Barrera, lamento conocerle en estas circunstancias.
Con voz ahogada dice Gabriel: Usted es el único que puede salvarla. Por favor ¡sálvela!
En la sala de espera queda un Gabriel fundido entre angustia y miedo, recordando las promesas mutuas de no morir el uno sin el otro, mientras dos lágrimas huérfanas ruedan acompasadas por sus mejillas y se pierden en el verde mostaza de su camisa.
Señor Pérez, tenemos los resultados de las pruebas practicadas a su esposa, retumba una voz en los oídos sordos de Gabriel.
Señor Pérez, su esposa tiene destruido el diafragma.
¿Qué es eso doctor?
Es un músculo que separa el tórax del abdomen para evitar que los órganos internos se junten entre sí, y…. es además el músculo más importante para la respiración.
¿Su esposa había tenido algún dolor antes del accidente?
¿mmm, Si doctor, a ella le habían detectado una hernia.
Precisamente, señor Pérez, el músculo está debilitado a causa de una hernia diafragmática.
¿Eso es muy grave doctor?
No puedo mentirle. No es grave. Es muy grave.
Pero usted es el mejor y por eso la traje aquí. ¡Usted me la va a salvar! ¡Usted me la va a salvar!
El doctor, (un agnóstico respetuoso de toda creencia), miró a los ojos de Gabriel y en su silencio se leía: si usted es creyente, quizás el milagro se haga en mis manos. Enseguida atravesó el corredor y se perdió con la primera curva de la construcción.
Pasada un poco más de la quinta hora de intervención, se escuchó un grito aturdido dentro del quirófano, el médico descubrió el rostro y la cabeza, secó las gotas de sudor surgidas de la rabia y el dolor. Tomó el impulso necesario para ir a Gabriel y desenfundarle la única verdad.
Caminó pausado y se paró a la espalda del hombre, dispuesto a enfrentar sus ojos acuciosos de juicios.
Dígame que todo salió bien. Por favor. Leito es mi vida doctor.
Murió (musitó el doctor).
Usted es el mejor. ¡Por eso la traje hasta aquíííí!
Vino un paro respiratorio. No dio lugar a resucitación.
Eso quiere decir que la dejó ir. ¿Verdad? Eso… ¿quiere deciiirrr?
Lo siento. (Atinó a responder el doctor)
Gabriel cayó desplomado en la silla y su alma voló en busca de la de ella. Tal como lo escuchaba todos los domingos en la iglesia, el alma debía estar en el aire.Pensó.
Al cabo de un tiempo, se reincorporó, pidió los resultados de las pruebas, auscultó las radiografías, pidió ser llevado a la sala de rayos X para buscar a través de la luz blanca algún mensaje de Leo.
En el diafragma destruido, el leyó: “Viejo, Te has quedado sin mi presencia, sin mi carne, sin nada. ¿De qué podría servirte un algo? Para cumplir mi promesa, he implorado al vacio, el milagro de permanecer junto a ti por siempre.
***************************************************
Gabriel, viste el traje de boda. Lleva siempre un ramito de azucenas frescas y todos los días está con ella.
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