miércoles, 17 de agosto de 2011

LLAMADAS A FELICIA

Hay llamadas emergentes y llamadas de emergencia.

Tomé mi móvil, última generación y me alejé del grupo de amigos que habían asistido a la fiesta de aniversario. Cumplía 33, según dicen las mamás, es la verdadera y única oportunidad para celebrar el nacimiento de un hijo varón. Celebrarlo en esta edad, es invocar al Dios de las alturas para que bendiga a su hijo en nombre de Jesús.

Previos días, había estado remarcando insistentemente al número que aparecía en la pantalla de llamadas perdidas, un par de semanas antes, de cuyos mensajes se leía –¡si quieres felicidad, búscame! Mi nombre es Felicia-. Asumí que eran llamadas de esos lugares de lujuria que solía frecuentar con mis amigos y que eran un antídoto para mi soledad. Pero esta noche más que cualquiera otra, me sentía frustrado e intrigado, entonces decidí insistir, sentía una sensación parecida a estar enamorado y negado a la presencia de ella. Por fin del otro lado el auricular se levantó y no hubo voz. Sin embargo, ya era una esperanza.

-Hola(laa, hola (laa), hola (laaa)- (respondió)
-Busco a Felicia- ciaa (respondió)
-¿Quien habla? – bla?? (respondió)

Abandoné la llamada, quizás, alguien me tomaba del pelo en la línea como suele suceder en los teléfonos.

Pinché de nuevo redial, sonó ocupado. Dejé la intención para más tarde, pues algunos amigos me requerían en el salón. Un espacio amplio e iluminado con lámparas de gotas en cristal de roca, que se contoneaba con el paso y brillo de la cristalería de las bebidas alcohólicas y las ricas exposiciones artísticas que pendían de los cuello de las mujeres, sus brazos y sus manos. También los grises, negro y rubios de los cabellos de los invitados, estaban abrazados por ese manto de luz artificial, que los proponía a mi vista como una fábrica de glamur instantánea. Me transporté a la época de niño cuando el vendedor de algodones en el parque, hacía crecer melenas rosas con solo una pizca de azúcar, puesta dentro de una ancha vasija rotada por un motorcito de poleas. Una vez crecidas las melenas las enredaba el hombre en una varita, que me llevaba a la boca y en un santiamén desaparecían. Una ilusión.

– ¿Qué carajo, tienen que ver esos algodones azucarados con todos estos hombres y mujeres de dientes bien formados e impecablemente vestidos? Me decía.

Uno y otro de los amigos, se acercaba a mí, halagaban mis triunfos, me sonreían con sonrisas ajenas y las mujeres parecían desplumarse frente a mí, después del paso de pavos reales con que venían por el centro del salón unas, y el de jirafas africanas de otras.

-Pablito, te noto callado, ¿pasa algo?-
-No, Amada, nada pasa, todo está bien, muy bien gracias.-
-Pero… no pareces el Pablito que conozco.-
-Amada, de verás, estoy bien. Gracias.-


-Pablo, siempre he pensado en ti y mucho te he echado de menos desde que te fuiste del país; y de verás te he esperado todos estos años. ¿Por qué no vamos al pórtico, llevamos un par de copas y conversamos en privado?-

Yo acepté. Amada, en efecto fue mi compañera de juegos, era mi vecina con quien había pasado la mayor parte de la vida de niño y adolescente ¿Cuántas sueños y secretos nos hacían cómplices?

Soy hijo único de una familia próspera. Mi padre, un alto ejecutivo de una de las petroleras más reconocidas, con concesiones en este país, mi madre, reconocida voluntaria, de las damas azules. Mis padres nada me han negado, por eso antes de mis 30 años, he logrado escalar como pocos, todos los niveles de la educación, tocar tres instrumentos, dominar siete idiomas, permitirme la compañía de hembras de todas las razas y colores y viajar por los lugares más remotos de la tierra. Ahora, he regresado de nuevo a mis lujos y derroche de niño mimado. ¡Pero estoy solo! Tengo todo y no tengo nada. Fueron mis últimas palabras, cerrando conversación con Amada.

Terminados los aplausos, las despedidas de la fiesta y esos momentos en que la imagen mágica de las recepciones tiende a caer en vulgaridad, cuando los hombres adquieren aspecto de ultratumba con ojos enjutos y acuosos y las mujeres previsibles se desengarzan los 15 centímetros adicionales y pasan a sus cómodas babuchas, dejando el encanto de las bellas jirafas africanas y las pavoneadas; mientras, otras menos previsibles, ritman con ellos en pasos de cisnes viejos. Nunca he entendido esos dolorosos gustos de las mujeres y sin embargo hoy me apenan. Me he recostado a la puerta principal y observo a los músicos de cámara empacar cuidadosamente los instrumentos que mas, que haberme incitado a bailar me han trasportado a aquella melodía de la canción de otoño de Varleine:

“Los largos gemidos de los violines del otoño,
Hieren mi corazón con monótona languidez”.


Fui a la cama, después de una ligera ducha, mmmm, que agradable sensación sentir los ríos de agua tibia tomándose su libertad para ir a donde quieren sobre la piel. Después de tantas manos y labios en contacto, -quizás sea una forma de lograr la purificación y recobrar mi esencia, Pablo- me dije-.

Recordé la tarea pendiente con Felicia.

Traje a la pantalla el número de las llamadas perdidas. Ya no había duda, alguien había seguido mi voz, pero una vez más sonó ocupado. Pronto vino el sueño, o mejor, esto que llaman ensueño.

-Sabes, ¿Pablo?- me dijo-. -Te he llamado infinidad de veces, desde cuando eras niño y jamás me has contestado. A ti, como a todos los hombres busco y muy pocos responden. Mis llamadas quedan perdidas, algunos como tú, mas tarde me buscan, otros, nunca.-

-Pablo, te inquieta tenerlo todo y no tener nada, te he seguido y lo sé y ahora quieres una respuesta. Es la misma que todos al final buscan “que necesito para ser feliz”. Tu mundo como el de muchos ha sido un mundo dado, con un algo impuesto para vivir, que al final termina siendo miseria. Ojalá, hubiesen tenido mejor suerte si una vez, por siquiera me hubiesen contestado. Ustedes los hombres, Pablo, hablan de suerte, pues bien, los hombres a tiempo podrían elegir un grado de felicidad, entre la búsqueda del placer –que es lo tuyo Pablo- y la huida del dolor- que es aquello por lo que has decidido llamarme-

-El placer total, Pablo, está en perfecta contradicción con el mundo entero y por eso es irrealizable e inalcanzable. Los hombres querrán ir a la Luna a Marte a Júpiter y querrán parcelarlos y venderlos a otros hombres, que quizás, puedan vivir allí, abandonar la tierra contaminada que ellos destruyen tras la búsqueda de la felicidad. Seguro, después querrán cambiar de galaxia y mientras tanto, se hacen viejos y mueren enfermos e infelices encerrados en ese mundo dado, muy a pesar de sus oraciones y jugosas donaciones para los pobres y para la guerra. Pablo, el poder, conquistado con la guerra no transmuta felicidad-.

-La felicidad, Pablo, es aquello que buscas ahora, Es la razón por la que llamo a los hombres. Pero mis llamadas no tienen eco, quedan perdidas-.

-La felicidad, es tu conducta. Para conocerla, debes despojarte de esa admiración excesiva a ti mismo, de la agresión hacia los demás, ¿recuerdas los desaires a tu nana cuando rondabas los 14? y no competir con otros a sus propias mujeres. Esto requiere paciencia, la misma que tuvo el escritor para ver que había tras la mirada fija y simple de un axolotl-.

-No hay mas medicinas Pablo, para ese abandono que vives en tu propio mundo y que llamas depresión-.

Como toda ensoñación es breve, la voz de Felicia se fue apagando y Pablo reincorporado buscó entre los anaqueles de la buhardilla, aquel envejecido libro de pastas borrosas y puntas ajadas como mapa de buque. Aquel incipiente libro, despreciado por los rasgos marxistas, que a duras penas y casi adivinando se leía “El malestar en la cultura”.

Rosaura Mestizo M.
(Inédito-registrado)

domingo, 31 de julio de 2011

LOS AMARRADOS

A la obra del fotógrafo caleño: FERNELL FRANCO

Despertó, entre sábanas oscuras y el claro-amarillento de un foco de kerosene,tenía los párpados hinchados y su humanidad abandonada. Una desmadejada y minúscula carne caía en la entrepierna y de la lira de su tórax podía lograrse una melodía.

Estiró músculos y huesos, una ligera flexión lo puso de pie y se dirigió al balcón de su cuarto en el hotel del puerto. Guerreando con diminutos rollos de guadua incrustados en hebras de cáñamo que hacían de cortina, descubrió la ventana. Sus ojos chocaron con la luminosidad del sol de la media mañana sobre el Pacífico; a manera de visera, uso una de las manos para proteger la vista y lograr ubicar tanto los trastes ruidosos como las voces y risas de mujeres y hombres que le habían impedido esa noche un buen sueño.

Como ráfagas, veía cruzar cabelleras largas, negras y rubias forzadas, y sobre el adoquín del patio, las huellas húmedas daban fe de pasos famélicos. Una cuneta a manera de aljibe reverberaba el agua con la cual compartían en común el aseo de sus cuerpos.

Fernell, había aprendido de Rembrandt, a fusionar lo corpóreo con lo espiritual en los retratos, además, que el blanco y negro eran la vida; de su propia inspiración, que eran los extremos monocromáticos, que no distraían ni engañaban la realidad ni admitían puntos medios, que los dos únicos efectos: luz y oscuridad, conservaban fielmente a los testigos.

Sin dudarlo, de inmediato pensó en la virtuosa Leica, la que hasta entonces le había asistido para dejar constancias de los cumplidos de fe cristiana a las familias: bautizos y matrimonios; también retratos de amantes, que dentro del marco de un corazón, sellaban promesas sobre el puente. Reversó los pasos, buscó una toalla y cubrió su humanidad de la cintura hasta donde el ancho de la tela dio. Después, echó mano a la ingenua compañera y clavó su lente en aquellos voluptuosos vientres que adelantaban un paso a las cabelleras. Disparó el obturador más de 20 veces, y lamentó no poder pasar una noche más tan siquiera en el lugar; le seguían compromisos para narrar con el lente la verdad urbana.

El evento del hotel de comienzo no le reparó ninguna novedad, fuera del interés por conocer los autores de los chillidos, pues las escenas de bares, caballistas sin chaparreras ni sombrero, socorriendo las caderas de las coperas de senos medio desnudos en los cafés de su pueblo, no le sorprendían. Le habían sido familiares desde niño; y ya por costumbre,la avidez de su vista fácilmente sabía consumirse en los focos de las luces rojas y verdes sobre las cabezas de los amantes, que con parsimonia se desvanecían hasta entrar completamente al blanco y negro. Verdadero acontecimiento.

Le pasmó, ver las uñas de gatas jóvenes en las mujeres.

Los ambientes marginales y los reflejos del agua tampoco lo herían: De los primeros, venía; y los segundos eran objetos de belleza y tranquilidad para el espíritu. Contrario sucedía con los desplomes de los edificios. Entonces, era la pequeña cámara quien lloraba las lágrimas de Fernell y quien extasiada por los acuciantes clips de su patrono, gemía grabando lo terrorífico de las escenas. ¿porqué la historia era destruida? Entonces, ¿qué iba a dar fe de ella?, ¿a dónde se repatriarían los sentimientos y los olores de las cocinas? ¿la música? ¿los llantos de los recien nacidos? y ¿las clemencias de los acusados? y ¿los adioses de los moribundos?... ¡Qué privilegio el de las iglesias!

Estos ambientes se nutrieron con voz y duelo de la violencia; blancos y negros de la cámara de Otelo Sudarovich, con quien compartió el exilio interior, el del yo. Otelo un refugiado italiano y Fernell, un desplazado de su propio pueblo. Otelo traía la violencia en imágenes y Fernell, preservaba en cientos de rollos la violencia entre liberales y conservadores. Asimilaba los bultos del mercado, con los bultos humanos. Como las mercaderías y los víveres se empacaban y desempacaban, se vendían o se amarraban; con los muertos de la violencia hacían lo mismo, tan solo que estos bultos permanecen amarrados y desaparecidos.

Las demoliciones eran los asomos de una ciudad en coma, un triste adiós a los secretos de sus muros y un camino hacia la nada. Como en el puerto, pensaba en esa mañana,-de quienes serían los espíritus de las muchachas-. Luego, le advenía el vértigo maternal para consumír el obturador, y éste volvía a repicar con emergencia. De antídoto, Fernell, volvía a la prosaica realidad de la ciudad.

Nada escapó al imán del silencio enigmático al obturar. Nada tampoco a la precisión de sus ojos, su lente y sus silencios, pues en un torrente, blanco y negro de perfecta soledad, dejó amarrados los hilos de la historia.

(Rosaura Mestizo M.)

domingo, 24 de julio de 2011

MILAGRO POSTUMO




Gabriel Pérez de 55 años y su querida esposa Leito de 53, ambos en edades apetecibles, con atractivos propios de quienes han creado estabilidad emocional de pareja y una práctica acomodación en el hogar al que han dedicado sus esfuerzos y su vida para culminar con el proyecto común que terminará en la vejez; cuando los parecidos físicos y sus costumbres sean más de hermanos gemelos que de marido y mujer. Habían planeado años atrás un viaje por el Caribe cuando cumplieran sus primeros 25 años de casados.


Un crucero, que partiría de Cartagena para ir internándose en los brazos abiertos de las aguas cálidas y tropicales, e impregnarse de las arenas blancas de Cancún al meneo de un reggae en Jamaica, las venias solemnes y veleidades azuladas que besan desenfrenadamente al acantilado de Bluff, el retozo infantil de los delfines en Roatan, la unión en un solo paso de las verde-claras aguas de los océanos en Panamá y terminar de nuevo en la heroica.


Habían dispuesto de 3 semanas para volver a sus pieles, ahora, sin menos austeridad y prejuicios que en los primeros años. Seguidos de esos otros años de espera que con exaltación y calma habían aprendido a desearse a través de las miradas cómplices extraídas del fondo de sus sexos mientras atendían las tareas de los niños.


Dentro de las valijas, engulleron las ilusiones de encuentros sin estrenar, los tiempos de abstinencias y las promesas de no abandonarse nunca, ni siquiera para morir a destiempo. Su relación había sido compacta como una roca, muchas veces golpeada por las dudas, solo por las dudas y como la arena sabe dejarse lamer por las olas, seguirlas, lentamente y sin difamar, ellos se mantuvieron por veinticinco años.


A las 10:00 p.m. del día anterior, previo al embarque decidieron brindar con un canelazo, para calmar ese estado interior y luminoso que les otorgaba la alegría y el frio que produce la ansiedad hacia lo desconocido. Platicaron animosamente sobre el viaje, repasaron mapas, itinerarios, fotografías, que les anticiparan el mundo desconocido. Allí en su habitación entre risas y abrazos Gabriel hizo que Leo le prometiera que nunca lo abandonaría ni a la hora de morir. Ella entre risas y besos a medio acabar, le dio el sí, que era tanto como nuevos votos para el resto de sus vidas. –Viejo, espero hacerte el milagro- dijo bromeando.


Muy temprano, salieron al aeropuerto acompañados de sus dos hijos para tomar el vuelo que los llevaba al Rafael Núñez. Allí, en menos de 3 horas estaban trepados en el enorme Pullmantur sumergiéndose en el ocean dream, del que exultaban a cada minuto sensaciones renovadas con el rítmico movimiento de las olas bajo sus pies, embarullándose en una relación casi simbiótica. Así concluyó el crucero.


De regreso a la heroica, arrollados por el embrujo que había dejado la travesía por el océano, quisieron despedir su última noche, lejos del bullicio. Ante el titileo apurado de los brillos del firmamento, tomaron sus manos, para nuevas promesas, y con el cuenco de ellas anidaron los cuerpos celestes. Gabriel y Leo, sin reparar sus cincuenta y tantos buscaron el lugar más solitario y se dejaron lamer por las olas, mientras ellos lo hacían con las suyas.


El intenso ébano de los ojos de Leo, era una ráfaga de luz en un bosque, que condujeron al marido a los entrelazados de la Muralla de San Felipe, para jugar a las escondidas. Cada encuentro se compensaba con un abrazo de fuego.


De pronto desaparecieron las risas y los llamados de Leo. Había rodado por una de las pendientes de la fortaleza, cayendo de frente como soldado al fuego inglés de otros tiempos.


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Transcurría el día veintitrés de Diciembre dentro de la normalidad caótica, propia de la sección de urgencias en cualquier hospital, allí en la Clínica Santa Mónica.


El intrépido ruido de los motores de un helicóptero que descendía en el parqueadero provocó pánico. Asunto inusual en ésta clínica, pues solo tiene cobertura para unas cuantas camas, tiene prestigio y una nómina de destacados profesionales, ¡que pensar en un helipuerto!.


Se fundieron en un solo murmullo: sirenas, ambulancias, camillas y personal, pidiendo paso. Gabriel, como un fiel guardián, sigue a la masa de su mujer.


El parte médico indicaba que Leo había caído desde una altura de más de 6 metros, hemorragias internas y el trauma ocurrido 7 horas antes. La paciente viene trasladada del hospital Bocagrande de la ciudad de Cartagena, su esposo se ha negó a cualquier intervención y exigió su traslado a esta clínica. Anunció un paramédico.




¿Es usted el Doctor Barrera? Soy Gabriel Pérez el esposo de Leito.


Si, soy el doctor Barrera, lamento conocerle en estas circunstancias.


Con voz ahogada dice Gabriel: Usted es el único que puede salvarla. Por favor ¡sálvela!


En la sala de espera queda un Gabriel fundido entre angustia y miedo, recordando las promesas mutuas de no morir el uno sin el otro, mientras dos lágrimas huérfanas ruedan acompasadas por sus mejillas y se pierden en el verde mostaza de su camisa.


Señor Pérez, tenemos los resultados de las pruebas practicadas a su esposa, retumba una voz en los oídos sordos de Gabriel.

Señor Pérez, su esposa tiene destruido el diafragma.


¿Qué es eso doctor?


Es un músculo que separa el tórax del abdomen para evitar que los órganos internos se junten entre sí, y…. es además el músculo más importante para la respiración.


¿Su esposa había tenido algún dolor antes del accidente?


¿mmm, Si doctor, a ella le habían detectado una hernia.


Precisamente, señor Pérez, el músculo está debilitado a causa de una hernia diafragmática.


¿Eso es muy grave doctor?


No puedo mentirle. No es grave. Es muy grave.


Pero usted es el mejor y por eso la traje aquí. ¡Usted me la va a salvar! ¡Usted me la va a salvar!


El doctor, (un agnóstico respetuoso de toda creencia), miró a los ojos de Gabriel y en su silencio se leía: si usted es creyente, quizás el milagro se haga en mis manos. Enseguida atravesó el corredor y se perdió con la primera curva de la construcción.


Pasada un poco más de la quinta hora de intervención, se escuchó un grito aturdido dentro del quirófano, el médico descubrió el rostro y la cabeza, secó las gotas de sudor surgidas de la rabia y el dolor. Tomó el impulso necesario para ir a Gabriel y desenfundarle la única verdad.


Caminó pausado y se paró a la espalda del hombre, dispuesto a enfrentar sus ojos acuciosos de juicios.


Dígame que todo salió bien. Por favor. Leito es mi vida doctor.


Murió (musitó el doctor).


Usted es el mejor. ¡Por eso la traje hasta aquíííí!


Vino un paro respiratorio. No dio lugar a resucitación.


Eso quiere decir que la dejó ir. ¿Verdad? Eso… ¿quiere deciiirrr?


Lo siento. (Atinó a responder el doctor)


Gabriel cayó desplomado en la silla y su alma voló en busca de la de ella. Tal como lo escuchaba todos los domingos en la iglesia, el alma debía estar en el aire.Pensó.


Al cabo de un tiempo, se reincorporó, pidió los resultados de las pruebas, auscultó las radiografías, pidió ser llevado a la sala de rayos X para buscar a través de la luz blanca algún mensaje de Leo.


En el diafragma destruido, el leyó: “Viejo, Te has quedado sin mi presencia, sin mi carne, sin nada. ¿De qué podría servirte un algo? Para cumplir mi promesa, he implorado al vacio, el milagro de permanecer junto a ti por siempre.


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Gabriel, viste el traje de boda. Lleva siempre un ramito de azucenas frescas y todos los días está con ella.

viernes, 15 de julio de 2011

Eligiendo Caminos: MONÓLOGO DEL ZORRO

Eligiendo Caminos: MONÓLOGO DEL ZORRO

MONÓLOGO DEL ZORRO

Basado en la obra "MIENTRAS NO TENGAMOS ROSTRO" (Clive Staples Lewis)-Retorno a un mito-

Yo, ahora mensajero de nuevos dioses, viajero de la luz, vedme aquí en la esponja crepuscular y en las entrañas de Corus. No protejo a la pequeña Orual, pues ella desgranó denuncias a los dioses, ha obtenido querella, desmanteló su rostro. Ya no teme.

Me he elevado a los cielos para observar los hombres-dioses. Me he detenido al norte, en un punto negro y luminoso con una melodía convulsiva, y presencias. Son los replicantes de ‘Blade Runner’ habitando cada quien su propia existencia, y me pregunto ¿qué han hecho de Istra? ¡Qué decadente presente! Si hasta sus recuerdos son artificiales. ¿Qué será del futuro humano? Tal vez, un juego entre lo que son y no serán. Carencia de amor genuino. Acaso vuestros dioses, ¿no os han colmado de belleza? musas diría yo en mi pasado humano, hoy, verdades que conducen al poeta.

Ahora, lejos de mi dolorida esclavitud, traigo del recuerdo, las veces cuando detrás de los perales, guiaba el encargo de hacer de las princesas, sabias; y decía “que no hay infiernos ni dioses tales, solo al dios que hay dentro de ti debes obedecer: razón, templanza, autodisciplina”; y desde esta instancia escucho hombres repitiendo y repitiendo nombres de nuevos dioses. No callan. Palabras, que contrario a mi discurso solo los consumen en su propio infierno, que los hacen celosos del gozo ajeno y azarosos en el desdén de lo artificial. Pregunto de nuevo ¿dónde han abandonado su razón y su templanza?

He visto mi Grecia a la que nunca volví. Vive las doctrinas contemporáneas en una nueva Gloma. No su auténtica sabiduría. No siguen ni tan siquiera la que dejaron por herencia sus dioses y sus sabios. Hombres que humillan y vapulean a otros. Pregunto: ¿Cuánto eléboro necesitaría, para regresarlos de ese letargo? antes que despierten y rujan igual que la montaña. Que Odiseo aún no os descubra en esta inconsciencia de su reino. Hombres, ¡ah hombres! recreados tan solo en la racionalidad científica-tecnológica que al todo natural lo cuantifican, lo miden. Hasta a la lluvia. Conciben mentiras y se convencen de ellas. Esa es la conciencia. El mismo itinerario aletargado de mi reina Orual por algún tiempo; ella profesaba su amor por Psique como algo profundo y cierto; cuando en realidad se trató de un amor egoísta. Sin saberlo.

Las luces artificiosas en el planeta comienzan sus entradas; y el manto negro se hace presente. Le veo temible. Quizás por que guarda secretos oscuros que los hombres vigilan. Avaricias. ¡Ah los dioses! Hombres, ¿habéis oído de la furia de los titanes? ¿Sabéis que ellos han preferido la noche para desbordar sus furias? Que están enojados y vuestras alabanzas no los alcanzan? Posedón, dueño y señor, abre tabiques: destruye, sacude montañas, fulmina vidas, inundan ciudades, consume industrias… ¿Podéis creer que hasta mi llegan nubes del veneno capitalista? Destrucción por destrucción en esos campos donde solían nacer sus dioses. No hay interioridad. No buscan la belleza oculta. Hombres a quienes les aterran los demonios de sus sueños. Los evaden. Si esa multitud de pensamientos oscurecidos no son nada diferente a las replicas de sus propias verdades, a verdades ocultas del presente y el futuro y suelen decir ante la revelación de una imagen de la interioridad. “Me traiciona el subconsciente”; pues son las intenciones de la mente, derivadas de su ego y trabajo de consciencia; los que abandonan su otro lado. La belleza oculta. La que indica errores. Prefieren la vigilia para inventar el exterior, la belleza física, crecer y hacerse temer. - [“donde el orgullo es de sobra insistente, el recuerdo prefiere ceder”] (Nietzsche). y se convierten en presas del ansia. Sus dioses son meros símbolos eternos.

¡Quién pudiese creer que en la montaña, mi pequeña Psique encontrara su felicidad! ¡Ni yo de comienzo lo creí! Venerable griego, hombre de templanza. Fueron las palabras emergentes de la pequeña Orual, la del velo, las que me condujeron a la balanza de lo justo y ahora le sonrío al tiempo. Quizás por esto, también estuve en letargo y dije que la poesía tan solo eran palabras. Erré.

Si mi pequeña Orual hubiese muerto en el momento mismo de la amenaza divina, no hubiese vivido su fealdad. No hubiese luchado su reinado, y yo no hubiese comprendido al poeta.

Ya, Eco besa las orillas de sus padres, e Iris motiva las discordias para que los hombres continúen extendiendo los enigmas entre lo aparente y lo real de sus vigilias.

La luna, comienza a elevarse y yo a bajar con Nix, quizás descanse sobre Poseidón o camine Lesbos, allí repasaré poemas.

¡Pobre niña mía!, ningún extranjero ha podido devolver su libro a Grecia. Todos continúan ocultos tras sus velos.
“Dios mío, si tu hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios” (César Vallejo)

lunes, 27 de junio de 2011

UNA HORDA PARA UN ILUSTRE

La muchedumbre hereje llenó la plaza. Transcurrían las tres de la tarde y las campanas de la catedral repicaban monótonas despidiendo el duelo de un ilustre. Eran hombres imberbes y doncellas intactas. Ayer estuvieron recogidos en pequeños bares y bibliotecas de la ciudad, dejándose atrapar ya no por los envejecidos cuentos de hadas ni por esa histórica descolocada que cuentan algunos viejos en las alamedas y parques o en las escuelas cuando los niños empiezan a leer, ni de los comics opacos e inmóviles que mostraban los diarios donde siempre había un bueno que triunfaba sobre un malo.

Dedicaron el tiempo a hacer poesía; la que embalsama a nuestros propios encuentros con una realidad pestilente y enrollada en el diván de verdades amargas. Ayer, cada uno de ellos era semilla de su propia madera, no la que llega a los océanos oscuros y maquillados por intereses usureros ensañados en la destrucción colectiva. Luego no era en vano que la muchedumbre joven se aglomerara frente a la catedral. Allí, como en todas las iglesias las campanas y el reloj permanecen en constante cópula expidiendo órdenes, viejo trabajo de mando.

Sara, miraba el reloj de la catedral a través de la ventana de su piso alto y una marquesina la protegía del débil sol de esa tarde. Marcaba las tres; las campanas le notificaban del suceso y en cada tañido parecían estar llamando de nuevo a la pobre tía Mary; recordaba que sus funerales no fueron tan concurridos como los del ilustre y le dolía profundamente. Pues tía Mary había sido tan bondadosa como el viejo Ernest, su marido.

No consideraba justo que tan solo diez personas hubiesen asistido a ellos; sin contar por supuesto con el perro de la tía que aulló en la puerta de la catedral ni del par de azulejos que dejaron de comer por siempre.

Ese día, veinticinco de Abril, la chica permaneció inmóvil y su respiración era un suspenso acalambrado, la habían despertado intempestivamente los gritos de dolor de tía Mary. Enrolló las manos en las mangas del suéter café y prefirió explicarse a sí misma la escena que tenía ante sus ojos. No podía ser de otra manera, la tía Mary no había sido tan buena, como el ilustre.

En la plaza, la turba inhalaba un raro aire de ira, no había una consigna fija que uniera sus voces, parecía una enorme celda con presos hambrientos de libertad, elevando pañuelos no como signo de despedida y que vista desde la trinchera de Sara era un movimiento inmóvil, un grito incomprensible, una inmisericordia agitación de pañuelos que por momentos parecían agotarse y desaparecer.

Martín, un compañero suyo de escuela, había estado el día anterior en el bar que por la última década había frecuentado y por el que perdió su honorable oficio de sacristán en la catedral, cuando sin saberlo empotró sus pasos a los del obispo tras la misma morena. Su rostro, evidenciaba una imagen diferente a la de ella. Martín se veía alegre, enérgico, era parte de la imantación ungida en la plaza; había estado en la noche anterior como los demás preparando la despedida.

Sara continuó frente a su ventana, con la extenuada luz de la lámpara y las sombras holgadas de los cristales.

El ilustre, fue un hombre de piedra y extraño ante la gente, de batallas constantes bajo las faldas de las muchachas y de dientes zurcidos que callaban las voces de los niños en las calles. El ilustre fue un militar sediento.

ROSAURA MESTIZO

lunes, 20 de junio de 2011

GATOS


CONFESIONES DE GATO-LINO


Un día de septiembre cuando corría el viento dispersando recuerdos de los niños de verano, yo estaba en la poste de la Vía Pietro Manzi, temblando.

Todos pasaban y se me quedaban mirando, eran tan grandes y tan diferentes!… nadie tenía algo en común conmigo. Me aterraba su tamaño. Yo no tenía mamá; quizás me había abandonado; no sabía comer ni que se comía, menos como buscarla. Tal vez mi destino estaría vagabundeando, como muchos hermanos; o como farandulero gato en la T.V. siendo explotado.

Cuando me quejaba a través de mis miaus, una niña se acercó, me miró, yo retrocedí, doble mi dorso y sin voluntad creí que me estaba atacando. No señores; los ojos de la niña me cautivaron. Ella me llamó dulcemente, gatito, ¿qué te pasa gatito? ¿Por qué estás solito? Me sentí pechichado; y por mi malicia gatuna me sentí a salvo.

Ella afinó su oído, quería comprender mis miaus, y en mi lenguaje gatuno decía: estoy solo, estoy en peligro, estoy asustado.

Con el tiempo he aprendido, a ir al veterinario, me cuesta!, me cuesta! detesto que me abran la boca y me tiren la lengua, que me introduzca no se qué cosa por el ano, que me limpien el pelo, ¡carajo! ¡ con mi lengua siempre estoy trabajando!

No entiendo a los hombres: limpian la casa con fragancias que me están irritando, y las mujeres… ¡vaya las cuentas! Contando, contando, con los perfumes, que Oscar de la Renta, que Carolina Herrera, que son importados.

Ahora voy a visitas, dizque para que vaya socializando…. Miauuu! De los niños comprendo el berrinche. Pobres de ellos, pues como a mí, ponen sus manotas sucias sobre mi cabeza, “Hola gatito”, “que lindo gatito” “cuanto tiene el gatito”; ¡vaya atrevidos! Tengo que jugar a ser educado, pues ser hipócrita es mejor que estar enjulado.

A la hora de la cena y ante los invitados: ¡zape gato! ¡Fuera gato!, cuanto me gustaría saltar a la mesa y atracar los olores. Mientras que ellos felices siguen comiendo y bebiendo. No lo duden señores, muchas veces lo he pensado.

Pero, ¡claro!, yo estoy satisfecho con eso que dan los humanos, pues peor sería la vida vagabundeando, y no por la escasez de comida o por el sitio en que me quede pernoctando. No, no señores. A ningún gato le agrada doblar la espina en cualquier lado, o lucharse una alacena con ratones guarros. Puff!!! Es de pura resistencia que sigan, mi cabeza tocando.

Por eso cuido el sombrero, este que me ha salvado de caricatura de gato; como Garfield, cambiado por un parmesano, o Tom, convertido en gato malo, o como ese otro pobre gato, el Félix, quien lleva más de 90 años trabajando; sus dos productores dinero ganaron y ni una pensioncita han Félix pagaron. Por fortuna, esta chica me salvado y feliz paso la vida ronroneando. Es ella, mi sombrerito mágico. Gracias, Caro-lina.

R0saura Mestizo Mayorga